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No es ninguna exageración decir que Alberto Lati (Distrito Federal, 1978) ha recorrido medio mundo. En una carrera como periodista que dura ya más de 20 años, ha cubierto Mundiales, Juegos Olímpicos, Copas América y Confederaciones, ha sido corresponsal en países como China, Japón, Grecia, Alemania y Sudáfrica, estableció una nueva forma de realizar reportajes en la televisión mexicana, ha entrevistado a las máximas figuras del futbol y otros deportes, a líderes políticos, sociales, espirituales, músicos, aprendió más de 10 idiomas y en el proceso formó una familia. Como natural desenlace de todo eso escribió el libro Latitudes, cuya segunda edición sirvió de pretexto para sentarnos a platicar acerca del mundo, su salida de Televisa y el estado actual del periodismo, todo alejado de los juicios extremos y explosivos que hoy triunfan en los medios. Este ciudadano del mundo tiene la gentileza como idioma y la sensatez por bandera.

En Latitudes cuentas que tu primer libro lo escribiste de niño.

[Sonríe] Fue en unas vacaciones, en donde los días se hacen largos, sin futbol que ver -no como ahora que hay al grado de saturarnos-; decidí hacer algo para ocuparme y empecé con una historia de los Mundiales. Tenía una enciclopedia del tema, así que copiaba los marcadores de cada juego, los goleadores… me faltaba información de Suiza 54 y España 82, y terminé yendo a la biblioteca de Ciudad Universitaria, a hemerotecas; todo con nueve años de edad. Se me pegaron algunas cosas y yo iba por la vida recitando el campeón de goleo del 30, el árbitro de una semifinal… Así fue como decía que había hecho mi primer libro de los Mundiales. Habré ido cuatro días seguidos a la biblioteca y tardé horas en encontrar el libro indicado. Hoy un niño dirá: “Está en Wikipedia, ¿para qué lo voy a escribir?”, ya no digamos a mano, sino en la computadora.

¿Eso creará cierta pereza?

Seguro. Y nos hace muy disfuncionales en términos de memoria tener acceso a tanta información en la red. Yo, por ejemplo, desde que tengo en mi computadora tantos archivos, ya no retengo tanto. Es darwinismo puro: si lo necesitas, te lo quedas; cuando sientes que no, lo empiezas a desechar. Eso es peligroso para este oficio.

 

Hablando de oficio, ¿nunca tuviste deseos de dedicarte al futbol?

Muy pronto me di cuenta que no era para mí. Me encantaba, jugaba una cantidad de horas brutal, llegué a ser hasta entrenador de mi equipo, por ser quien estaba más metido, pero jugaba muy mal. Sabía que para tener un trabajo cerca de mi pasión, tenía que ser desde otro ángulo; desde la primaria decía: “Quiero ser comentarista deportivo”, porque nos imaginamos todos narrando el gol. Por mucho tiempo pensé que era mi camino, pero un día Javier Alarcón me preguntó: “¿No quieres narrar?” y le dije: “No tengo la voz, la dicción… puedo hacer otras cosas muy bien y las disfruto”; dejé de ver en mí al narrador sin ninguna frustración, cuando muchos ven ahí la meta.

 

¿Y cómo llegaste al periodismo?

A los 17 años pedí una oportunidad en Televisa. Llevo mi currículum, -de risa, porque era la secundaria, la preparatoria y nada más- y el Che Ventura me dice: “Te gusta el futbol, pero no sabes de futbol. Quieres trabajar en televisión, pero no sabes de televisión. Vente y si aprendes, te contratamos”. Él me enseñó muchísimo: a escribir, me dio mesura, cosas televisivas, periodísticas, investigación. Igual Teodoro Cano; fueron dos grandes formadores.

Entraste muy joven a Televisa.

En una edad en la que vas forjando tu carácter. Por eso cuando salí hubo gestos tan cariñosos de mucha gente, porque fui el niño del equipo mucho tiempo; muchos amigos se fueron de mochileros terminando la prepa y yo no quise porque venía Atlanta 96 y estaba comprometidísimo con la empresa, aunque no estuviera contratado. Hice un diplomado en crónica deportiva y la carrera estando en Televisa. Y terminando me fui de corresponsal.

 

¿Cuál fue tu primer viaje de trabajo?

La Olimpiada Juvenil de Monterrey del 99 -ahora se llama Olimpiada Nacional- fue mi primera consigna fuera de la ciudad. Y sentí impaciencia porque, sin hacer menos ningún evento, muchos compañeros que llevaban menos tiempo recibían viajes de otra dimensión. Pero al mismo tiempo pensé: “Debo aprovechar esta oportunidad; prepararme mucho, leer mucho y hacer muy buenas historias”. Para el 2000 pido la oportunidad para la Eurocopa de Bélgica-Holanda y grande es mi sorpresa cuando me dicen “Sí”.

 

De una Olimpiada Juvenil a la Euro. ¿No temblaste?

Muchísimo. La noche antes de irme no dormí; me fui con los amigos a la despedida, de copas, todo mundo encargándome uniformes, ¡yo no sabía lo que costaban pero llevaba mi lista [risas]!

 

Debió ser un viaje impactante.

Nunca lo olvidaré. No conocía Europa y era mi primera cobertura de esas dimensiones, en el primer gran evento en dos países. La primera noche, en París, no podía dormir. Estábamos en un hotel muy cerca de la Torre Eiffel y bajé a caminar: “Si no aprovecho esta Eurocopa, mi carrera se acabó”. Encima iba sin acreditación, porque hubo un convenio muy raro entre Televisa y Azteca para repartirlas y a mí no me tocó. Pero como fue antes del 11 de septiembre, colarte era más fácil y entré a todas las zonas mixtas; entrevisté a Zidane, Figo, Del Piero, Totti… hoy suena muy extraño.

Sin acreditación, hoy es inconcebible.

No te acercas. Esa vez fue con mucho verso, con mucha actuación; con el camarógrafo, el Chino Bretón, traíamos el esquema de discutir entrando a la zona mixta para que se abrieran los voluntarios y dijeran: “N’ombre, mejor que pasen”; nos íbamos gritando y mentando la madre de camino y así nos metíamos.

ALBERTO LATI: "EL PERIODISMO SUFRE LA DICTADURA DEL CLICK Y LA OPINIÓN"
Por: Eduardo Venegas

Hay otra cosa clave ahí: ¿qué idiomas hablabas entonces?

¡Ninguno! Mi inglés era muy limitado y hablaba hebreo, que no servía de mucho ahí. Cuando sale Zidane de la semifinal no habla español ni inglés, le hago dos preguntas en pseudo-italiano y ahí dije: “Tengo que aprender idiomas”, ahí entendí. Veía a la gente de Alemania entrevistando en otro idioma, al holandés en otro idioma y pensaba: “¿Cómo voy a competir con ellos? Si sigo viniendo y no hablo más idiomas, me van a ganar las entrevistas. Ya no compito sólo en México”.

 

Más darwinismo. ¿Eso catapultó tu carrera?

Por completo. Termina la Euro y me mandan a Valladolid por la llegada de Cuauhtémoc Blanco, empecé a viajar con la selección… un cambio total. Además, en esa época querían otra forma de hacer los reportajes; la televisión se había quedado atorada en los 80, con un matrimonio muy escaso entre video y narrativa. Ahora querían contar a través de la imagen, respaldar con palabras lo reseñado, dar mayor peso a la investigación y a la palabra… cosas que luego iban a decaer tan pronto, ¿no? [sonrisa irónica]. Cuando plantean esa clase de reportajes, me piden a mí hacer el de muestra. Ahí me doy cuenta que me consideran para algo muy especial. Como consecuencia de todo esto llegó mi primera corresponsalía, a Japón en 2002.

 

Hiciste toda una vida en Televisa. Irte debió ser un shock.

Lo fue, pero era el momento. Desde un año antes, cuando terminó mi exclusividad, no quería renovar sin saber para qué me quedaría. Muchos piensan que me fui por la salida de Javier Alarcón, pero él seguía sólido y aún así decidí no renovar. Cuando llega el momento en que se rompe la relación, en marzo de 2016, tuve un momento de pánico: “¿Y ahora?”. Por fortuna tuve muy buenas opciones y estoy convencido de que escogí la mejor, FOX. Pero sí, mi salida de Televisa fue un momento complicado, emotivo, de humildad, de ver qué había aprendido. Y pasó en el mejor momento posible, estoy seguro.

Hay una herencia indudable de esa etapa: tus viajes. En más de 100 países has visto tantas cosas, ¿hay algo que te siga sorprendiendo?

Que el mundo se ha hecho muy homogéneo. Hoy sí es globalización. Sitios que recordaba de una manera muy característica, hoy todos tienen el mismo restaurante, la misma música, el mismo café; es un poquito frustrante. Birmania, hoy llamada Myanmar, es el único lugar al que cuando yo fui, en 2012, era distinto; no sé cómo sea hoy. La India también tiene un toque súper distintivo; lo mismo Japón, que aunque absorbe cosas de occidente, conserva su identidad tradicional.

En tantos viajes, habrás conocido rasgos de nacionalidad.

Cuando te ocupas de buscar esos rasgos luego cuesta trabajo no estigmatizar. Y no es justo llegar a un país y decir: “Todo el país es esto”. Sí hay patrones que se repiten con mayor fuerza, pero no todos los alemanes son cuadrados o fríos, por dar un ejemplo.

 

¿A dónde viaja por placer alguien como tú, que por trabajo ha ido a tantos lugares?

Ahora que tengo hijos, hago viajes adecuados para ellos, como a Disneylandia; no logro evitar la mirada sociológica sobre lo que pasa ahí, pero se compensa con ver a mi hija feliz, es la realidad. Si somos mi esposa y yo solos es distinto; ella fue conmigo a varias corresponsalías y se volvió como yo: nos gusta ver el mercado, comparar precios, comer en el lugar más humilde y en uno muy bueno, para contrastar... Parece manda, pero así viajamos.

Antes de dedicarte a esto, ¿tenías esa curiosidad o la desarrollaste?

La desarrollé. En Japón pasé un buen rato sin probar comida local y fue tiempo desperdiciado con pizzas y hamburguesas malas. Ni quería aprender japonés. No me gustaba el choque cultural, quería comodidad, pero hoy soy todo lo contrario: entre más incómodo resulte el viaje, mejor.

Después de todo lo que has visto, ¿qué te falta por cubrir?

Muchísimo. Mundiales y Olímpicos son siempre diferentes; Juegos de Invierno nunca he hecho… quiero recorrer los países que no conozco y regresar a los que ya estuve para ver su evolución.

Si tu curiosidad por viajar nació del periodismo, tu estilo periodístico ¿cómo nació?

En la Eurocopa de 2000 yo estaba a media carrera, así que iba impregnado de valores de campus, con intereses de tipo arquitectónico, histórico, filosófico, sociológico, psicológico, literario, musical, gastronómico, teatral… En esa cobertura, quizá sin darme cuenta, empecé a intentar hacer esos reportajes que mezclaban lo deportivo con lo cultural. Aparte los medios ya cambiaban. En ese año ya sacabas de Internet información para entender la cultura del sitio al que ibas. Por fortuna, salió increíble, con entrevistas al margen del torneo como la de Jean-Marc Bosman.

En tu libro explicas que esa entrevista con Bosman tiene una particularidad.

Es la única por la que he pagado. Lo contacté después de marcar a la Federación de Bélgica, luego a otro número y a otro... todos en inglés, hasta que llamo a otro, digo: “Quiero hablar con el señor Jean-Marc Bosman” y me dicen: “Je parle”, pensé: “¿Qué hago?, ¡No hablo francés!”. Iba en un taxi y le pedí ayuda al conductor, que se negó, pero cuando le expliqué a quién tenía en la línea, fue mi traductor y escribió todo en una hojita: “En esta dirección te espera mañana”. Y me dijo “te va a cobrar”, pero en el momento, no sé si por la emoción, no le entendí. Al otro día cuando llego y Bosman me dice el precio, me sorprendí; por suerte, confió en mí y ya luego se lo deposité.

 

¿Te volvieron a querer cobrar por una charla?

En Inglaterra es muy común, todo mundo lo hace. En España, Francia e Italia me cansé de entrevistar ex futbolistas, pero en Inglaterra siempre me faltaron algunos por eso. Al principio me frustraba: “¡Que me digan que no, pero esta no es manera de trabajar!”. Luego entendí que tienen derecho, pues parte de su trabajo es cobrar por entrevista y es parte de la cultura periodística allá.

 

¿Y qué piensas del estado del periodismo deportivo actual?

A veces me siento muy emocionado, porque van surgiendo muy buenas plumas, gente que respeta mucho a la palabra y busca hacer su alianza y su matrimonio con el suceso, con la cobertura. Y de pronto, descorazonado, porque la infografía nos está pasando, porque la inmediatez de las redes sociales nos está pisando. La dictadura del click nos está aplastando.

Es una inmediatez donde importa ser el primero y no quien mejor lo cuente.

Sí y eso nos obliga a un grado de inteligencia muy alto, porque ya el “¿qué?” y el “¿quién?”, que eran tus primeras consignas como reportero, están en el celular. Hoy tenemos que buscar el “¿cómo?”, el “¿porqué?”, y no nos estamos capacitando para hacerlo, no todos. El opinionismo se está revolviendo con la información; es otra dictadura la de la opinión. Como cualquiera opina en redes, el reportero convierte la opinión en información y eso es muy grave.

Más que herramienta, Twitter se volvió para muchos la fuente única.

Exacto. Es muy preocupante. También se nota en procesos electorales en los que al ya no ver periódicos, sino el timeline, vemos a quien piensa como uno, se generan las ideas que se quiere generar y es más fácil que nunca estar manipulados. Si lo primero que hizo Goebbels para los Nazis fue repartir radios en cualquier confín del territorio germano, quien hoy nos quiera manipular lo primero que hará será darnos una lista de gente a seguir en Twitter y estaremos perfectamente alienados. Es muy común decir: “Sólo pasa en Estados Unidos con Trump”, cuando la realidad es que todos somos víctimas. Si queremos un ejercicio bueno, hay que buscar un balance en la gente que seguimos en redes. Los periodistas debemos seguir comportándonos como tales, ante todo.

Justo de tu labor periodística nació Latitudes. ¿Cuándo se te ocurrió?

La idea nace en 2006, previo al Mundial. En Gelsenkirchen, pensando que coincidían mi nombre y mi ocupación, Paco Villa me dice: “Tu libro tiene que llamarse Latitudes”. Ahí fue la primera vez que lo pensé. Escribí los primeros renglones en un pub de Londres en 2012, en los primeros días de la corresponsalía de los Olímpicos; como todavía no estaban en marcha, tenía más tiempo. Me sentaba en el pub con mi computadora y la base del primer capítulo salió de ahí. Luego escribí menos, porque se acercaban los Juegos y entre dos personas preparábamos 10 reportajes a la semana; además emitíamos diario a las 5 de la mañana por la diferencia horaria. Fue el año más intenso que he tenido, pero fue increíble y ahí comencé a escribir Latitudes.

El capítulo sobre la protesta social en Brasil por el costo de la Confederaciones de 2013 es escabroso.

Cubrí protestas antiolímpicas y antimundialistas desde 2004 en Atenas, donde hubo bombas anarquistas. Pero nunca nadie gritó como Brasil en esa Confederaciones. Fue una Copa cuyo futbol resultó lo de menos, con una protesta permanente y momentos de trincheras; el pueblo brasileño gritó y la caída de Dilma Rousseff de alguna manera tuvo que ver con eso.

"Lo primero que hará quien nos quiera manipular será darnos un lista de gente a quién seguir en Twitter".

En algún momento, entre policías y gente furiosa, ¿temiste por tu seguridad?

Claro, aunque había adrenalina. Supongo -aunque a una dimensión muy diferente, claro- que la que tiene el corresponsal de guerra: quieres la imagen, quieres ver. Un día sí me dio mucho miedo, porque en pleno enfrentamiento entre granaderos y manifestantes, un niño aventó unos cohetitos y el camarógrafo y yo brincamos porque pensamos que nos había caído una bomba… atrás estaba el niño riéndose de nosotros, muy a la brasileña.

Está por un lado ese descontento social; por otro, niños africanos que dejaron la guerra gracias al balón. ¿El futbol es bueno?

Es capaz de sacar de nosotros lo mejor y lo peor. Lo mejor: Costa de Marfil y Drogba parando una guerra, niños soldados que la dejaron, el equipo de refugiados… En lo peor, el listado es muy largo: su papel en la guerra de los Balcanes, por ejemplo. Ver las cosas en negros y blancos es absurdo, muy cómodo. En estos temas hay que ir con mucho cuidado.

Claro. Ahora, algo curioso: has visto tanto mundo y le vas al equipo más mexicano, a las Chivas.

Siempre, desde niño. Y eso que fui niño de los 80 y sólo tuvimos un título ahí, contra lo del América que ganaba todo. Mi hermano es Atlista sin ser tapatío; mi papá le va al América. Quizá por "Contreras" yo salí del Guadalajara [sonríe]. Me distancié viviendo fuera, en la época de mis primeras corresponsalías, cuando no podías ver los partidos por Internet; después era mucho más fácil. Para la final en Toluca en 2006, estaba en el Mundial de Clubes en Japón y me pusieron el audio por teléfono, escuché el partido de madrugada.

 

¿Tenías algún ídolo de niño?

De Chivas me fascinaban Benjamín Galindo, el Sheriff Quirarte, Yayo de la Torre. Fuera del equipo, Hugo Sánchez -la primera vez que lo vi en Televisa, me quedé mudo por completo-, Pelé y Maradona, como todo niño, y Lothar Matthäus, que en el Mundial del 90 me tenía loco.

¿Hay algún jugador que al conocerlo te haya causado extrañeza?

Batistuta. Trabajamos juntos en el Mundial de 2006. Con él y con Redondo hice una gran amistad. Y a Bati, con todo y la pasión con que gritaba los goles, no le gusta el futbol; él llegaba al estudio en la madrugada, veía a Redondo -el niño aplicado, impecable, como en la cancha- revisando un partido entre un equipo asiático y uno africano para comentarlo, y Bati se reía: “Yo no vi ni a Brasil, me fui a jugar golf”.

¿Y quién es el personaje que más te ha sorprendido?

Oscar Pistorius, sin duda. También Ruud Gullit, porque sabía que era un tipo culto, pero no pensé que tan elocuente, hablar con él es una maravilla. Just Fontaine, alguien con mucha chispa. Gerd Müller, por todo lo que yo me había generado en la mente de lo que él había pasado y cuando lo vi, por fortuna ya estaba recuperado. Me faltó George Best; busqué conocerlo a través de su hermana, su familia; fui a la casa donde creció y la cancha donde empezó a jugar, en Belfast.

Sé que estás preparando otro libro.

Sí, una novela, estoy a punto de concluirla, espero que no pase demasiado; ya estoy en las páginas finales.

 

¿Para cuándo la podremos leer?

Yo esperaría que a finales de 2017, pero podría ser el próximo año. Voy con cuidado. No es lo que sé hacer; mi trabajo era reflejar lo que pasa y no lo que me imagino, entonces hay que ir con cuidado. Estoy aprendiendo.

*

PASAPORTE

Nombre: Alberto Lati

Fecha y lugar de nacimiento: 20 de junio de 1978, México, D.F.

Ocupación: Reportero, viajero, corresponsal y escritor

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