8M: LO QUE NO SE NOMBRA NO EXISTE

Por: Ana Hernández                         
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Fátima me hizo salir a marchar por primera vez el 8 de marzo de 2020 en Guadalajara. Era mi cumpleaños y yo estaba deprimida. ¿Quién es Fátima? Casi tengo la certeza de que lo sabes, pero si no, googlea: “Fátima feminicidio”. Feminicidio, ¿qué palabra más dura no? Antes, hace como 50 años, esa palabra no existía. Ahora nombramos conceptos, mejor dicho, crímenes, que aunque existían, no los distinguíamos claramente de otras violencias; ahora sabemos que se trata de una violencia muy específica: de género, y no, no es nueva, pero el hartazgo de ser invisibles para el Estado sí lo es.

 

Marchar cada 8 de marzo para mí ya no es opcional, es la manera en que pienso seguir pasando mi cumpleaños mientras el problema no sea resuelto. Este año tomé mi cámara y me di a la tarea de documentar las voces hechas pancartas, frases que gritan algo a lo que no se puede permanecer indiferente. Que tú no lo vivas no significa que no sea real. Que el privilegio no te nuble la empatía. Te invito a recorrer conmigo lo que vivimos este año en la marcha de mi ciudad.

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En las pancartas se leía mucho la palabra más temida por nosotras: feminicidio. ¿No bastaba con la palabra homicidio? No, porque una cosa es que te maten por querer robarte algo y otra muy distinta es que te maten por el simple hecho de ser mujer. Marcela Lagarde, investigadora mexicana, fue quien moldeó este concepto antes invisible: el feminicidio desde lo político, sistemático e impune, dicho de otra forma, crimen de Estado.

 

Cada pancarta decía aquello que más importaba a quien la sostenía en alto. Las estadísticas sobre asesinatos y desapariciones escritas en pedazos de cartón son números que te atraviesan estando ahí, caminando a la par del familiar que busca sin cesar a una de las suyas. Ahí, esos números adquieren nombre y cara, y queda en evidencia que el Estado no nos cuida. Esta realidad, nombrada tal cual es, ayuda a entender lo que antes parecía excesivo: que se rompa todo, que se caiga, disculpen las molestias, pero nos están matando.

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El primer frente que salió a marchar eran los familiares de las mujeres desaparecidas. ¿Has visto de cerca a personas sosteniendo fotos, lonas y pancartas en busca de hijas, madres, hermanas, esposas? Es desolador.

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Como dice Rosa Montero en su libro La ridícula idea de no volver a verte: “El verdadero dolor es indecible. Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la palabra”. Entonces hace sentido que detrás del frente de estas familias rotas, siguiéramos las demás, las que aún sosteníamos palabras hechas pancartas, las que prestamos la voz a las que ya no están. El fondo se convierte en forma y el mensaje de una es el de todas.

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Mi lente perseguía los carteles como quien rescata pedazos de papel flotando en el mar, piezas de rompecabezas que forman un sentir. ¿Sabes qué otro elemento es indispensable en esta protesta en particular? Los colores. Su significado. En estas imágenes el blanco y negro no juega, éramos jacarandas tomando las calles. De morado íbamos todas porque representa la lucha básica, la urgente: justicia y equidad. El verde es la lucha por el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo. El rosa apoya la inclusión al movimiento a las mujeres trans. Yo portaba los 3 colores.

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La activista Angela Davis lo expresa maravillosamente: “No estoy aceptando las cosas que no puedo cambiar, estoy cambiando las cosas que no puedo aceptar”. El silencio también comunica y cuando se respira indiferencia, cuando vemos que las paredes valen más que nuestra vida, toca romperlo todo.

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Puedo asegurar que ese día es de los pocos en el año donde todas caminamos seguras, con pasos fuertes, pero sobre todo sin miedo. Es un caminar libre porque entre nosotras nos cuidamos. Por esa clase de libertad marcha la mujer embarazada, desea un mejor país para su bebé; su vientre no sólo alberga vida, es también un espacio más para decir “ni una menos”.

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La imagen de arriba es mi favorita, es la única que refleja esa luz, ese rayo de esperanza de que un futuro mejor es posible. Se lo debemos a todas las Fátimas de nuestro país.

 

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Ana es comunicóloga y fotógrafa. Hace casi 9 años se convirtió en directora creativa de su hogar. Tiene a cargo el departamento de maternidad, formado por 2 humanitas que la retan a buscar nuevas formas de hacer las cosas. Le gusta contar historias a través de su cámara, leer, patinar, escuchar podcasts y tomar cantidades industriales de café.

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