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JOSÉ JOSÉ: LA DIGNIDAD DE LA DERROTA

Por: Eduardo Venegas                         

La tarde del sábado 28 de septiembre de 2019, México se cimbró con la noticia de la muerte de  uno de sus máximos ídolos. José José falleció a los 71 años, debido a complicaciones del cáncer de páncreas que padecía desde un par de años atrás. Con una de las trayectorias musicales más emblemáticas, dueño en su día de una espectacular voz de barítono y una capacidad interpretativa pocas veces vista, y con una tormentosa lucha contra el alcoholismo a cuestas, El Príncipe de la Canción ha dejado un legado inolvidable.

Vasos jaiboleros o de plástico transparente (pequeños en comparación con los desechables rojos que se estilan hoy), un par de hielos -o no-, y un chorro de Coca Cola cayendo y mezclándose con una base de Bacardí Blanco. El ámbito da igual: una memorable presentación en El Patio en aquellas legendarias temporadas; una cantina de atmósfera turbia por el humo del cigarro, llena de corbatas flojas y rímel corrido; una fiesta de madrugada donde un coro desafinado pero emotivo se eleva hasta el éxtasis; obscuras callejuelas recorridas por pasos dubitativos… Los parroquianos de esos y otros escenarios fueron convocados, exacerbados, deprimidos y extrañamente felices gracias a la voz y los himnos que predicaba la voz inigualable, poderosa y trágica de José José.


Explicar los primeros dos adjetivos, es innecesario y hasta grosero; basta escuchar y desgarrarse con cualquiera de sus interpretaciones más emblemáticas -la década de los 70 es el mejor muestrario: Almohada, Volcán, Gavilán o Paloma, El Triste…-. En cuanto a la tragedia que entraña la voz del Príncipe de la Canción, la forma en que sus reconocidas adicciones la despedazaron hasta hacerla añicos -arreglos y ediciones en el medio-, y un patrimonio derrochado lo explican todo.


Ataviado con elegantes gaznés, trajes de mangas y pantalones acampanados, smokings a la medida o camisas de seda, durante las décadas de los 70 y los 80, José Rómulo Sosa Ortiz se dedicó a labrar una reputación como uno de los intérpretes más conmovedores y potentes que el mundo haya conocido; reputación sustentada a partes iguales en un catálogo dramático-musical invaluable y en una voz deslumbrante e inesperada en un muchacho delgado, frágil, como el que se plantó en marzo de 1970 en el Teatro Ferrocarrilero de la capital mexicana. Ese prestigio se vería lastimado con el correr de los años por los excesos y los descuidos de un ruiseñor herido en lo más íntimo, que se desbarrancó junto con una fortuna dilapidada pagando deudas y estropicios irresponsables, víctima de abusos ajenos y propios.

Del barrio de Clavería, en el entonces Distrito Federal, surgió el intérprete de muchos de los temas que integran el cancionero del alma mexicana, y uno de los emblemas nacionales del siglo XX. Sufrir un amor malpagado en alguna madrugada melodramática, acompasada con una o varias Cubas; presumir una derrota sentimental al ritmo de una de las triunfadoras de José José; lágrimas derramadas en solitario; hermanarse con un grupo de desconocidos en un bar cualquiera o a bordo de un microbús y hasta compartir un meme o un sticker en una conversación de WhatsApp son testimonios de la trascendencia cultural del hijo pródigo de Azcapotzalco.


El nombre con el que se hizo leyenda fue homenaje a su padre, de quien heredó, ironías de la vida, su mayor bendición y su más terrible maldición: José Sosa Esquivel fue tenor y alcohólico, muerto a los 45 años, sin tiempo suficiente para ver el fenómeno en que se convirtió el más célebre de sus tres hijos. José José es un ícono de la música, la cultura y hasta la sociología mexicanas: acabar una borrachera abrazado a una almohada triste, lamentar la amargura estallada con fuerza volcánica o gritar el desconsuelo que se lleva en lo más profundo, son un legado innegable del Príncipe y de las gloriosas letras de Manuel Alejandro, Rafael Pérez Botija, Dino Ramos y Roberto Cantoral.


Sucede a menudo con los personajes que alcanzan el estatus de íconos: a fuerza de repetición y éxito, el imaginario colectivo los termina asociando casi en exclusiva con ciertos rasgos, determinadas actuaciones, frases específicas, melodías concretas. Este sesgo deriva en imprecisión: aunque contribuye a perpetuar su imagen y consolidar su leyenda, uno termina ignorando partes del legado de estos emblemas. En el caso del Príncipe de la Canción -bautizado así, paradójicamente, por una de sus melodías menos célebres, El Príncipe, grabada en sus inicios-, uno piensa en seis o siete canciones, pero la que mejor expresa su trágica y trascendente historia no es una de sus más populares. En Seré, publicada en 1984, como parte del álbum Reflexiones, José José canta: “Un día llegará que ya/ de tanto ir y venir rodando/ el cuerpo me dirá que no/ que pare que ya está cansado…/ Un día llegará que ya/ de tanto que canté, de tanto/ mi voz ya no será mi voz/ mi canto no será mi canto…”.

Suave como la seda durante suficientes años, rasposa y dolorosamente desbarrancada a lo largo de tantos otros, quemante en el alma como un trago del ron más crudo, la voz de José José se convirtió en patrimonio inmaterial de México y sus adoloridos, de los tristes que sufrrren en silencio como tanta gente, de esas y esos que van dando tumbos, de quienes fueron tormenta y tornado, de las palomas, los gavilanes y todos aquellos que acompañados por su voz y sus canciones conocieron la dignidad de la derrota. Aplausos, Príncipe. Gracias y buen viaje.


"Seré quien todo lo dio por triunfar/ dejando su vida al pasar hecha pedazos/ Seré un sueño que sí se cumplió/ Un potro al que nadie domó/ sólo los años…".

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