DOCTOR, INGENIERO:

MORDIDAS DE NOSTALGIA

Por: Eduardo Venegas                         

No suelo escribir los oficios, profesiones, títulos nobiliarios o cargos ejecutivos con mayúscula inicial; lo encuentro pretencioso, me enseñaron que es incorrecto y, como tantas costumbres, se me quedó. Pero, en el caso del Doctor Alfonso Morales, Doctor me pareció siempre parte de su nombre. Me enteré hace un rato de su muerte. Me enteré leyendo Twitter, una razón que se suma a las varias para mantenerse alejado de ahí. Enterarme y regresar de golpe treintaitantos años en el tiempo fue un mismo suspiro.

 

Lo escuché con claridad, saludando la transmisión desde la Arena México o la Coliseo con el emblemático “Amables amigos”, la voz firme, la presencia contundente, el tema dominado, comentando el cartel de la noche con un equipo integrado (en la época en que la lucha libre me encandiló) por Arturo Rivera, Miguelito Linares y Raúl Sarmiento, y que luego vería desfilar a gente como Andrés Maroñas o Leobardo Magadán.

 

Sobriedad y explosividad se mezclaban en su relato en dosis adecuadas y convenientes. A fuerza de repetición, oportunidad y entonación, fórmulas como el citado “Amables amigos” y “la México Catedral” se convirtieron en referencias inmediatas para el acervo deportivo-fantasioso-histórico que hoy tantos conservamos, lo mismo quienes como yo unen su recuerdo al de la lucha libre como aquellos que lo ligan a la narración de box, donde también fue figura. Valga decir que, por encima de todo eso, yo lo recuerdo como el adalid de la justicia con micrófono, el indispensable contrapeso a las marrullerías y atropellos del Rudo Rivera, abanderado del bando malandrín en el palco de narración.

 

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Hoy mismo, pero más temprano, mi hermano Andrés se graduó en forma como ingeniero en producción digital. Lo celebró en la modalidad remota dictada por el contexto actual, y lo acompañé también yo limitado a la cercanía virtual, a mi pesar.

 

Verlo sentado en postura solemne, con la alegría sobria que según yo lo distingue, la barba evidente y los rasgos de un tipo que va dejando cada vez más lejos la niñez y se acerca con más entusiasmo y promesa al futuro… verlo así, digo, me sacudió. De un modo feliz, pero sacudida al fin.

 

No sé cómo valora él el trecho de camino que terminó, pero a mí me atrae mucho más el que andará de aquí en más (feliz y próspero, deseo). Por haber tenido la capacidad de ubicar con claridad una carrera que lo seduce, y la sensatez de empeñarse en seguir el camino adecuado para concretarla, intuyo que le irá mejor que mejor. Hago votos porque así sea. Mientras llega el tiempo de comprobarlo, me limito a celebrar su éxito y a añorar los días en que él apenas aprendía a caminar, con un overol de mezclilla, una camiseta roja, el pelo lacio y claro cayéndole sobre la frente. Mordidas de la nostalgia, que les dicen.

 

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Con el riesgo del lugar común que supone hablar de una figura de época como el Doctor Alfonso Morales, pero con la justicia que amerita, diré que era un cronista de estirpe y clásico en el mejor sentido de la palabra: voz potente, educada, traje impecable, entonación correcta, un bagaje que denotaba la lectura de más de un libro al año y, todo hay que decirlo, hasta algún gallo que escapaba en los momentos de mayor excitación, como cuando el héroe de turno le arrancaba la rendición al maloso con una llave por todo lo alto, o cuando el rufián aplicaba una felonía de la talla de un martinete, sin que el réferi miope o de plano cómplice se diera por enterado.

 

Con el legendario Doctor Alfonso Morales ha muerto un trozo nada insignificante de mi infancia (y, aventuro, la de varios que rebasan o rondamos el cuarto piso), esa patria privada; era un pedacito que iniciaba cerca de la medianoche de los viernes y continuaba los sábados por la tarde, o los domingos por la mañana; mientras mi mamá oficiaba de anfitriona de una reunión, o cuando mi papá preparaba y servía el desayuno, yo me plantaba frente al televisor a ver desfilar ídolos enmascarados, de capa y mallas, con entradas impactantes (aunque alejadas de las hiperproducciones que montan ahora), quienes ejecutaban acrobacias imposibles, escenas dramáticas y puestas en escena que hasta hoy me entusiasman cuando por algún resbalón de la conversación se las relato a alguien. Aquel espectáculo mágico tenía una banda sonora en la que el Doctor llevaba la voz cantante.

No es disparatado creer, con la fuerza ingenua con que se creen las cosas más improbables pero entrañables, que en el Embudo de Perú 77 o en la México Catedral, resuene en alguna noche de viernes un saludo que pueda helarle la sangre a algún velador despistado, pero que removería emociones antiguas en algún nostálgico. Descanse en paz, Doctor Alfonso Morales. La noticia de su muerte me dolió justo en la nostalgia, el mismo sitio donde la felicidad por mi hermano ingeniero me punzó. Hay bichos que muerden en el mismo lugar y causan distinto dolor.

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