ÚLTIMAMENTE

Por: Eduardo Venegas                         
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Últimamente pienso muchas cosas. “Es buena señal”, diría mi padre, con el toque de ironía que le gustaba imprimir a ciertos comentarios, para bromear y espolearme. Muchas de las cosas que pienso a últimas fechas tienen que ver precisamente con él. Pienso, por ejemplo, en uno de los episodios más irritantes que protagonizábamos. Cuando mi papá usaba una palabra cuyo significado yo desconocía, se lo preguntaba y él, en vez de decírmelo, me mandaba por el diccionario para buscarla. Harto de la dinámica que me hacía interrumpir lo que estuviera haciendo y de la pérdida de tiempo, cambié de táctica. Con el tiempo, dejé de picar el anzuelo y para evitarme la molestia de ir hasta el diccionario, fingía que había entendido todo; por supuesto, mi cara de póker nunca fue demasiado buena y el viejo se daba cuenta enseguida de que había algo que yo no entendía (hoy sospecho que él usaba deliberadamente las palabras que sabía que yo desconocía para obligarme a buscarlas). Aquello era uno de las capítulos más molestos de mi adolescencia. Al final, por supuesto, me inculcó la curiosidad y el hábito de averiguar siempre el significado de las palabras (tanto que hoy lo hago con gusto cuando me topo con algún término nuevo), una herramienta que ha resultado bastante útil en la vocación que descubrí y a la que de buena gana me he dedicado ya por unos cuantos años. Así que podríamos decir que mi papá se ocupó de darme armas para ganarme la vida de manera honesta. Claro, también podríamos decir que el hombre sabía que botones presionar para sacarme de mis casillas. Aunque no necesariamente son opciones excluyentes. Supongo que un padre puede prepararte para el camino al mismo tiempo que te fastidia un poco.

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Pienso también en que a mi edad mi padre tenía un hijo de 12 años y otro de 10. Yo, por mi parte, estoy a punto de cumplir 40 años y sigo lidiando con problemas que ya debería haber superado. Uno pensaría que a estas alturas del partido tendría, no la vida resuelta, pero sí las cosas más simples de la rutina diaria controladas: no te manches la ropa con la comida, no derrames los vasos, no dejes caer las cosas. Yo no. Una comida con mole como platillo principal termina siempre con mi camisa blanca convertida en test de Rorschach; la cuenta de vasos rotos que inicié cuando era niño sigue creciendo a un ritmo que la fortuna de Elon Musk envidiaría; nadie ha puesto a prueba la resistencia de su teléfono tantas veces como yo (gracias a la vida por las fundas protectoras) y los manteles son enemigos jurados de mis bebidas. A una edad en que mi padre se ocupaba de la manutención y una parte de la educación de dos niños, yo estoy concentrado en no dejar caer a mi hija cuando llegue la hora de cargarla. Supongo que —parafraseando a Mafalda— en esta vida cada quien tiene sus propias preocupaciones.

 

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Bigotón

 

Guardar el secreto del embarazo de mi mujer ha sido una de las misiones más difíciles de cumplir. Cuando te enteras de que después de cinco años de intentarlo sin éxito, tu esposa y tú por fin van a tener un bebé, tu primer instinto es gritarlo. Luego, cuando la lógica vuelve a tomar las riendas, la prudencia se impone y la doctora te dice que mejor esperemos, que no podemos echar campanas al vuelo, no todavía, que hay que esperar unas cuantas semanas más para poder compartir la noticia con un mayor grado de certeza. Así que no pudimos revelar de inmediato el secreto más feliz de nuestras vidas. Pero lo logramos: llegamos al plazo fijado y pudimos comenzar a contarlo. Luego estuvo el problema de reunir a las personas con quienes más queríamos compartirlo: cuadrar agendas, revisar horarios, planear discursos, todo sin levantar sospechas sobre la noticia que vas a darles. Añadamos a la mezcla el desafío adicional que supone hacerlo en plena pandemia; cuando te has pasado un año evadiendo a la gente y rechazando invitaciones, es difícil encontrar un pretexto para reunirte con ellas. Un reto particularmente difícil fue mi suegro, a quien su trabajo mantuvo fuera de la ciudad durante más tiempo del que esperábamos. Al cabo, Adriana decidió un enfoque sencillo, pero peligroso, por directo: “Te extraño y quiero verte, quiero que nos reunamos todos. Si me dices que sí, para pedirle a mis hermanos que aparten el día, te lo voy a agradecer muchísimo”. La respuesta de su padre fue rápida, breve y tan contundente como un puñetazo de Mike Tyson en los 80: “Claro que estaré allá en esa fecha y si surge algo lo dejo, no hay nada más importante que tú, así que como siempre cuenta conmigo”. Supongo que hay misiones difíciles, pero hay también decisiones sencillas de tomar.

 

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Siempre he sido torpe de manos, dejo caer las cosas con facilidad. Siempre lo he sido, pero últimamente más. Mi reacción es siempre una rabieta propia de un niño, más que de un tipo a la vuelta de los 40. Leí hace un par de meses Miss Marte, novela de Manuel Jabois, y la frase que más grabada se me quedó fue: “Las mujeres muy jóvenes hacen a los hombres muy viejos”. No sé si el nacimiento de mi hija vaya a convertirme de golpe en un señor. Últimamente, Adriana me dice que lleva la cuenta de cuántas cosas se me caen y con qué frecuencia; me explica que es para decidir a qué edad me permitirá cargar a la bebé. La última vez que revisé, tendré permiso para tenerla en mis brazos cuando cumpla cuatro días de nacida. No va tan mal, si soy sincero; comenzaba a hacerme a la idea de que podría cargarla en su primer día de universidad.

Últimamente pienso en éstas y muchas otras cosas. Si reviso lo suficiente, todas ellas giran en torno a la nueva cuestión. Recuerdos, reflexiones, preocupaciones que, luego de mirar bien el asunto, están siempre relacionadas con una próxima paternidad para la que, estoy convencido, no estoy preparado, pero que deseo tanto y con la que asumo un compromiso total. Me hago ilusiones y anhelo cosas, como poder ayudar a mi hija a encontrar su camino y ser una persona de bien, sin estropearla demasiado; como que las preocupaciones nunca me abrumen tanto como para dejar de apreciar la maravilla que ella será, y como dejarle saber que nunca habrá para mí nada más importante que ella. Con todo, hay un mundo de cuestiones que, por más vueltas que le doy, no entiendo. Entre todas ellas, hay una que resuena en mi cabeza con más fuerza, me acelera el corazón de una forma que jamás había imaginado y que, sospecho, no voy a entender cabalmente nunca: ¿cómo se puede amar tanto a alguien a quien todavía no conoces?

Para Luciana.

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