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MESSI CONTRA LA HISTORIA

Por: Eduardo Venegas                        

La construcción de los mitos se cimienta a veces en ciertos clichés, situaciones emotivas que suceden en escenarios bajo los reflectores más potentes que magnifican el efecto de la obra. Así, es casi seguro que la condición legendaria de los grandes reyes del futbol no hubiera sido la misma sin sus respectivas exhibiciones en el máximo escenario: la Copa del Mundo. Fue la gran cita cuatrienal la que consagró como ídolos de alcance planetario a Pelé y a Maradona: Suecia 58 y México 70 no se entienden sin la presencia de O Rei, lo mismo que México 86 y hasta Italia 90 fueron las Copas del Diego. Hasta Cruyff tuvo su Mundial en Alemania 74, como el rostro de una revolución.


  A la fecha, y según consta en distintos documentos, Lionel Andrés Messi Cuccitini ha asistido a cuatro Mundiales, ninguno de los cuales puede presumir legítimamente como suyo. Messi es hoy el buque insignia de una flota albiceleste que se hunde dramáticamente entre las decisiones equivocadas de su entrenador -que no logra implantar un sistema adecuado en su equipo- y las actuaciones de sus compañeros, que van de pobres a vergonzosas, pasando por lo anodino.


  En esa película de baja calidad, el 10 del Barcelona ha jugado a ratos un papel de extra anónimo -incomprensible en una figura de su talla- y a ratos el de villano favorito, ese que por enésima vez manda al carajo un penalti decisivo para Argentina en día grande.


  Acusar a Messi de achicarse o, peor, de pecho frío, sería tan estúpido como injusto -basta recordar que tres goles suyos a Ecuador sellaron el pase de su selección a Rusia-. Quienes lloriquean porque La Pulga no juega con su representativo nacional como en el Barcelona pasan convenientemente por alto que Argentina no le ofrece a su capitán los mismos recursos que el Barça. Algunos atribuyen el pobre rendimiento de Leo a la toxicidad del entorno argentino, otros señalan al factor mental como el responsable y algunos más reparten culpas entre el no-sistema del seleccionado y el bajo nivel del resto del equipo.


  La cuestión es que a Messi parece agotársele el tiempo para ofrecer en un Mundial uno de esos recitales a los que acostumbró al mundo con el Barcelona; mientras el reloj se consume, se agiganta sobre La Pulga la sombra de un Maradona que en el palco se acongoja y enfurece, pero que en su fuero interno probablemente sonría viendo como el único aspirante auténtico a destronarlo como máximo ídolo argentino se diluye.


  Verle a Messi un partido malo es posible. Verle dos partidos pobres al hilo, es infrecuente, pero sucede. Verlo extraviado tres partidos en fila, suena francamente imposible. Para que Argentina supere la fase de grupos en Rusia 2018, necesita que ocurra algo extraordinario. Lionel Messi, está claro, es extraordinario. El problema ahora estriba en que Argentina ya no depende sólo de la magia de su 10, sino de una conspiración de resultados y casualidades -conspiración que se aligeró con el triunfo nigeriano sobre Islandia-.


  Este verano asistimos al que muy probablemente sea el último capítulo de la historia de Messi en los Mundiales. Sólo nos resta descubrir si el embrujo de la Copa termina con él o si la bestia despierta. Avance o no la Albiceleste, ojalá despierte, al menos para añadir un poco de pimienta al anecdotario de esta Copa.

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