ALGUIEN VA A VENIR

Por: Eduardo Venegas                         
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Desde mi brevísima experiencia paternal, me atrevo a decir que pocas cosas pueden enorgullecer tanto a un hombre como el hecho de que alguien le diga que su hija se parece tanto a él. Bien acomodado en mi fabuloso palco de padre primerizo, miro a Luciana y encuentro mis ojos en los suyos, examino sus gestos, su rostro todo, y me complazco en hallar los míos ahí. Es un orgullo quizá injustificado porque no hay mayor mérito: nadie es responsable de poseer sus genes, nadie se esforzó por tenerlos, y sin embargo… La paternidad es muchas cosas, entre ellas, el orgullo gratuito de reconocerte en una persona pequeñita por la que, mal mirado el asunto, no has hecho mayor cosa. Sin embargo te complaces en encontrar semejanzas cada vez mayores entre ese diminuto ser y tú.
   Con lo maravilloso y gratificante que ese descubrimiento resulta, todo se queda corto ante la sorpresa de enterarte de que, dentro de unos meses, tu familia va a crecer. No lo puedes creer.

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Como tanta gente, tuve que trabajar mientras estudiaba la universidad. Trabajaba por las mañanas, asistía a la escuela por las tardes (en ocasiones, incluso, entraba a clases). Con mis no demasiado jugosos sueldos pude pagarme una que otra borrachera, los pasajes y hasta alguna cosa relacionada con mis estudios. Se puede decir sin faltar mucho a la verdad que tenía la suficiente voluntad para estudiar. Lo que no me sobraban eran tiempo ni ganas de hacer tarea por las noches, la verdad. Asumo que no sería precisamente un candidato ideal para formar parte de los equipos de trabajo, habida cuenta de que no era lo que podríamos llamar un estudiante modelo y que mi aportación más constante cuando de dividir el trabajo se trataba era “juntar lo de todos y pasarlo a computadora”. Como quiera, escribió Victor Hugo que “Los miserables buscan a otros más miserables para sentirse menos miserables”; entre eso y que también se dice que nunca falta un roto para un descosido, pude sortear mi vida universitaria de modo suficiente. En cualquier caso, se saca en claro que mi trayectoria académica no fue precisamente brillante.
   También por aquellos años leí por primera vez Cien años de soledad, un libro al que me acerqué con un talante entre curioso y arrogante, y del que salí sacudido, fascinado. Extensa como es y con tantos caminos, recovecos, meandros y pasadizos como el mismísimo árbol genealógico de los Buendía, la novela te pesca por la garganta, no te suelta hasta que llegas al final y te deja boqueando.
   Es ocioso separar los momentos clave en la historia del clan más célebre de Macondo. Por una parte, porque está repleta de ellos y, por otra, porque leer un libro (más uno tan amplio) es una experiencia tan personal como un cepillo de dientes. Lo mismo vale para las frases memorables. Una de los que yo recuerdo con más claridad, es cuando Aureliano Buendía le anuncia a Úrsula: “Alguien va a venir”.

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Me lo advirtieron tantos y yo, hombre de poca fe, no lo creí. No lo creí, claro, hasta que me di cuenta de que mi bebé no era la misma de las fotos de la semana pasada, ni hablemos de la de hace cuatro meses. “Disfrútenla mucho, cada momento, porque el tiempo vuela y cambian rapidísimo”. Que todo dura muy poco lo confirmo cada que repaso las casi 2 mil fotos que guardo de ella en mi teléfono y comparo las múltiples caras que Loo-Sheing ha tenido hasta hoy. Y compruebo que el tiempo vuela cuando me recuerdo sentado a la mesa, hace un año, con los ojos tan abiertos como nunca, sacudiendo la cabeza de un lado a otro, presa de la incredulidad, con Adriana asintiendo sonriente como respuesta a las primeras lágrimas de un torrente asomándose a mis ojos. No lo creía entonces y a veces, si me pongo a pensarlo, me parece que sigo en las mismas.

 

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Como a muchos otros, Cien años de soledad me fortaleció la vocación de lector y me dejó además (supongo que como a otros tantos) la sensación de que valdría la pena intentar dedicarse a eso, a contar historias. Por supuesto, después de leer la obra cumbre de García Márquez pueden suceder, entre varias otras, un par de cosas. Una, casi de inmediato, es lo que decía, el impulso y las ganas de dedicarse a escribir para contar historias (algo que en otro libro el propio Gabo describió como “una cosa que no se puede ver ni tocar y que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada”). Y otra, trágicamente, es darse cuenta de que jamás podrá uno escribir algo como aquello. Por un tiempo es una astilla enterrada en la vocación, pero con el tiempo uno hace las paces con la evidencia y lo termina superando; hace poco leí al escritor español Galder Reguera decir que hay libros tan buenos que “te quitan las ganas de escribir” porque sabes que nunca lo harás tan bien. Él mismo aconseja la otra cara de la moneda: “Si eres autor, a veces es recomendable leer mala literatura. Reconforta saber que siempre hay alguien que lo hace peor”. Yo, entre esa motivación a la inversa y la resignación, escribo de vez en cuando mientras entretengo la idea de hacer alguna cosa más cercana a lo que podríamos llamar formal.
   En tanto eso logra materializarse en el inconveniente reino de la realidad, escribo cosas de poca monta: mensajes prosaicos, textos de falso ingenio, tweets insulsos. Entre estos últimos cuelo de vez en cuando algunos en los que hablo sobre mi incipiente paternidad en los que, con el falso ingenio que mencioné antes, intento decir algo de lo que voy descubriendo que este complejo y ancestral oficio representa: la paternidad es muchas cosas. Entre ellas, un continuo perder el asco. También es la certeza (y el extraño alivio) de que aunque nunca vas a escribir nada legendario, ni memorable, ya has contribuido a crear una obra maestra, perfecta. Absolutamente perfecta.

 

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La paternidad es muchas cosas. Entre ellas, un método sorprendente para conocer a dos personas nuevas. Una, claro, es tu hija y la otra es tu esposa cuando se convierte en la mamá de tu hija. Yo sabía que Adriana podía ser desprendida a niveles insospechados e incluso vedados para la mayoría de la gente común. Siempre ha demostrado una capacidad de dar a otros de la que yo carezco. He tenido infinidad de oportunidades de atestiguar su genuino interés por los demás, su preocupación desinteresada y sus esfuerzos infatigables por hacer felices a otros, yo como principal beneficiario de esa capacidad de antiegoísmo. Pero jamás había concebido a cabalidad que alguien pudiera volcarse por completo en otra persona.

   No lo digo sólo porque desde que nació nuestra hija, Adriana ha organizado prácticamente toda su vida en torno a la humanita de 60 centímetros que ahora dirige nuestros destinos; lo digo también porque desde que se enteró de que estaba embarazada, mi mujer se embarcó de lleno en una misión que no tiene otro objetivo que el cuidado y la felicidad de la bebé a la que dio el ser. Horarios, rutinas, rituales, investigaciones, citas, lecturas, videos… todo para garantizar que Lushane se desarrolle de manera óptima y que, en su todavía limitada concepción de la idea, sea feliz. Desvelos, madrugadas, abrazos, canciones, consuelo, risas y tantos otros esfuerzos encaminados a cumplir la tarea que se autoimpuso y que yo me maravillo cada día de presenciar. Con todo lo visto, me hago una idea bastante aproximada de lo que es la maternidad, aunque no la comprendo del todo. No la comprendo del todo y aún así sé que la paternidad es muchas cosas, pero ninguna exactamente como la maternidad.

 

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Siento su mirada y cuando volteo la veo en su sillita-mecedora, adornada con un travesaño del que cuelgan un león y una tortuga de peluche con los que ha comenzado a practicar el antiguo arte de la conversación y el todavía más viejo arte de pelear. Cuando nuestras miradas (tan semejantes, me digo) se encuentran, esboza una sonrisa que casi enseguida sustituye por un ceño fruncido y unos cuantos lloriqueos que no son otra cosa que la exigencia de que la saque de ahí. Interrumpo el tecleo, me acerco y la levanto. Vuelvo a mi sitio y mi hija parece encantada por la pantalla. Pienso en el tiempo que esperamos para que ella pudiera ser, en los desalientos y frustraciones a lo largo del camino, en los obstáculos que enfrentamos, en la improbable e insuperable sorpresa que supuso el anuncio de su existencia, por medio de un magnífico ritual orquestado por Adriana. Pienso en las infinitas condiciones que tuvieron que cumplirse para poder tener a Luciana aquí. Y aunque la sostengo entre mis brazos, y sé que un año después de que me la revelaron está aquí conmigo y me esfuerzo por asimilarlo, sigo sin creerlo-creerlo.

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El color rosado con el que nació me hizo nombrarla, brevemente, Tamal de dulce. Después, entre un tono sospechosamente tendiente a lo amarillo y la forma de su cabeza, la llamé durante algunas semanas Cacahuate Japonés. Antes, una madrugada, envuelta en una cobija, con un gorrito calado hasta las orejas, e iluminada por la luz de su lamparita, la bauticé como Gusilú. Mi manía de deformar los nombres me hace llamarla Lushane. Así he juntado cerca de 20 motes para Luciana. La paternidad es, por supuesto, una manera inmejorable de ejercitar la capacidad de acuñar apodos cariñosos, que es a su vez un método rudimentario y secreto de expresar tu amor y darle un aire de complicidad. Es la felicidad indescriptible, irracional —no sé si inmerecida—, de reconocer tus gestos en una persona pequeñita que, dioses del Olimpo, cada vez es menos pequeñita; y el temor de que un día puedas encontrar en ella también ese lado desagradable que no te gusta admitir, pero que bien sabes que tienes: las rabietas tontas, el descontrol del ánimo cuando el hambre se apodera de ti, los estallidos de furia, la desidia ingeniosa e interminable, la capacidad de concentración frágil como un diente de león y, no lo quiera el cielo, hasta la holgazanería de ser quien se ofrezca para juntar lo de todos y pasar el trabajo a computadora. Es también la oportunidad impagable de conocer a alguien nuevo en la misma persona que creías conocer mejor que a nadie en el mundo. Por encima de todas las cosas, la paternidad ha sido para mí la mejor noticia que he recibido en toda la vida. Intento explicarlo y estoy convencido de que no podría aunque tuviera todo el tiempo que me faltó mientras estudiaba y aunque recuperara todo el que he perdido por mi culpa, pero también sé que pueden hacerse una buena idea con lo que alcanzo a decir. Lo que nunca voy a poder terminar de explicarle a nadie es la bomba de felicidad y emociones innumerables que te estalla por dentro, con una fuerza inédita y unos ecos imparables que hasta hoy siguen expandiéndose, el día que tu esposa te revela, con una cajita llena de recortes, mensajes y claves compartidas que sí, que lo lograron. Que alguien va a venir.

Para el mensaje. Y para la mensajera, por supuesto.

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