NERVIOS DE ACERO (VIVA LA VIDA).

Por: Eduardo Venegas                         
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Mi hija nació el lunes de la semana pasada. La fecha programada era el jueves, pero las circunstancias dictaron que se adelantara. Cuando acudimos a la última consulta de mi esposa, el lunes por la mañana, la doctora nos informó que no podíamos posponerlo más. Viene lo bueno, pensé. Es hora de mostrar de qué estoy hecho. De una sustancia tan sólida como la más recia y firme de las gelatinas, sin duda.

   Durante meses y meses, Adriana se hizo cargo de toda suerte de trámites, realizó averiguaciones, agendó citas, leyó y redactó documentos, completó formularios y abrió carpetas de investigación que habrían bastado para capturar al top ten de los más buscados por la Interpol, a la vez que organizaba algunas remodelaciones en casa y cuidaba estrictamente su alimentación, con horarios precisos y rigurosidad monacal. Todo mientras atendía sus actividades regulares. Yo no quise quedarme atrás y mientras llenaba el formulario que la doctora me entregó, certifiqué una vez más mi proverbial temple de acero y estabilidad a prueba de balas: cuando lo llenaba, equivoqué mi segundo apellido y puse en su lugar el de mi esposa, copiándolo de los renglones que a ella le correspondió llenar antes. Lo dicho: un carácter imbatible. Más tarde volví a hacer gala de mi sagacidad, cuando tras cinco o seis intentos fui incapaz de enviarle un Uber a uno de los abuelos y tuve que pedir auxilio a mi hermano para que realizara tan compleja acción. Al mismo tiempo, Adriana lidiaba con las últimas horas del embarazo, arreglaba los trámites finales, participaba la noticia a familiares y amigos, resolvía dudas, dictaba indicaciones, sonreía, conforme la entrada al quirófano se aproximaba. Yo, insisto, permanecía impávido cual espartano.

***

Contra lo que podría pensarse, lo que más me gustó de entrar al quirófano no fue presenciar el milagro de la vida (no entraré en detalles, pero diré esto: con todo el escepticismo con que abrazo la existencia, acepto sin remilgos ni pegas la expresión “milagro de la vida”), sino el espíritu de equipo que dominó la atmósfera. Adriana entró algo como media hora antes que yo, para que la prepararan y le suministraran la potente anestesia que le ayudaría a llevar a cabo la misión de traer a nuestra hija a este mundo sana y salva.

   Mientras esperaba y me hacía líos con los nudos de las fundas de zapatos que debía ponerme como parte del uniforme reglamentario para ingresar a la sala de operaciones, comencé a mirar rumbo a la sala. Un poco disimulado primero, con un poco de curiosidad luego, y por último en franco espionaje. En uno de esos atisbos presencié como introducían en la espalda de mi mujer la aguja para administrarle la célebre y temible epidural. Como cabía esperar, la imagen me aterrorizó. Y también como cabía esperar, me acerqué más al vidrio para poder apreciarla con mayor claridad y detalle. Pude entonces contemplar el arroyo de sangre que manchaba la sábana sobre la que Adriana descansaba. Oportuno como siempre he sido, recordé entonces una conversación que tuve más temprano ese mismo día, sobre la probabilidad de un desmayo en pleno parto y sus posibles consecuencias. Alguien me relató la advertencia que un ginecólogo le hizo a un futuro padre, previo al parto de su esposa: “Si comienzas a marearte o sentirte mal, vas y te sientas, porque si te desmayas nadie va a distraerse atendiéndote, estaremos todos concentrados en la mamá y el bebé”. Recordé aquello justo cuando comencé a considerar el catálogo de escenas impactantes que podría contemplar durante la operación (del mismo o mayor calibre que la aplicación de la epidural), junto con las consecuencias que podrían presentarse. ¿Y si desmayo? ¿Si cual pesada res azoto en el esterilizado piso? ¿Si durante mi precipitación algún objeto se interpone entre el suelo y yo, causándome una poco heroica muerte o, peor aún, me deja en un estado de taradez aún mayor que el que ya me aqueja? ¿Dejar huérfana a mi nueva y reluciente hijita antes siquiera de poder presentarle al fabuloso padre que le tocó?

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Ésas y otras cuestiones similares ocupaban mi pensamiento cuando una enfermera se acercó para pedirme que, mientras llegaba la hora de hacer mi entrada triunfal, me lavara las manos. Es mi momento de brillar, pensé, recordando los innumerables capítulos de The Good Doctor en los que aprendí a la perfección el ritual de los doctores antes de cada operación. La enfermera añadió que una vez que yo entrara a la sala, alguien me pondría un par de guantes para completar mi outfit médico. Imaginé la escena: me vi con los codos flexionados y las manos apuntando hacia arriba, los dedos desplegados, dando la instrucción: “Enfermera… ¡guantes!”. Una bebé y casi convertirme en doctor el mismo día, ¡qué fecha memorable! Lo que le hubiera gustado a mi madre ver esto, por Dios: un hijo (casi) doctor. Estaba seguro de que el entusiasmo me orillaría a dar la orden de que me facilitaran un bisturí o algún instrumento para dar inicio a la acción. En ésas estaba cuando una doctora que recién terminaba de lavarse las manos pidió mi ayuda para acomodarse el cubrebocas. Ahí fue donde comencé a palpar el compañerismo, el espíritu de equipo que flotaba en el ambiente: te hacen sentir uno más desde el inicio, encomendándote una labor tan importante. Aquí todos somos iguales y cada quién aporta su granito de arena, me convencí.

   Para mi decepción, cuando ingresé al quirófano nadie recordó el trascendente detalle de enguantarme (con la pinta que tenía en ese uniforme; vaya desperdicio, de veras), así que me limité a intentar no estorbar, no tirar nada y seguir lo menos fallidamente posible las indicaciones que recibí (párate aquí, no pises eso, deja ahí). Es decir, lo mismo que hice las 39 semanas previas.

Los reflectores finalmente se posaron sobre mí cuando fui convocado para cortar el cordón umbilical. Qué emoción, esto tiene que ser el clímax de la tarde, me dije. Impertérrito, me aproximé para eliminar los últimos vestigios de la conexión por cable entre madre e hija, e inauguré su etapa Bluetooth, con naturalidad, pulso y firmeza envidiables. Con gala de gentileza, el anestesiólogo se ofreció a tomar una foto del momento. Igual de gentil, antes de captar el momento para la posteridad, lanzó: “Para que sepamos quién hizo la hernia”. Una vez realizado el único corte de listón al que he sido invitado y con los nervios hechos añicos, volví al lado de Adriana.

 

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No quiero alardear, pero me mantuve consciente durante todo el proceso, y seguí con atención e interés todas las acciones, incluida una monumental sacudida a la que mi retoño fue sometida y que habría hecho palidecer las palizas más salvajes de Fight Club (entre otras cosas, la zarandeada hacía las veces de afinación y balanceo, pues según me informaron tenía la finalidad de cerciorarse de que mi hija estuviera en condiciones óptimas, aunque uno pudiera pensar que el propósito era todo lo contrario); con el alma en los tobillos como medias guangas y los ojos queriendo saltarme de las órbitas, contemplé la escena sin intervenir —la bebé no logró alcanzar nunca nuestra esquina ni chocar mi mano para darme el relevo y que yo pudiera entrar en su auxilio, así que me limité a observar. Cualquiera que haya visto las luchas sabe que las reglas en ese sentido son claras—.

   Cuando todo aquello terminó y ante la contemplación de la maravilla que todos habíamos logrado (mención honorífica para mi quirúrgico ajuste al cubrebocas de la doctora y mi decidido corte de cordón umbilical), me inundó tal sentimiento de camaradería que estuve a nada de abrazarme con las doctoras y enfermeras para instarlas: “Démonos una palmada en la espalda y felicitémonos por el espléndido trabajo que hemos hecho. Nos lo merecemos”. Sólo me lo impidió el hecho de salir tras mi hija, que era conducida por la pediatra rumbo a los cuneros, donde continuaría su proceso de adaptación y yo llenaría un par de formatos. Ahí, una vez más, tuve oportunidad de demostrar mi fiabilidad blindada, al proporcionar información errónea sobre las vacunas que Adriana había recibido en los meses previos. De no haberme marchado de la sala, estoy seguro de que todo el escuadrón médico habría apreciado en gran medida mi abrazo grupal.

 

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Pasadas unas horas, cuando el aluvión de avisos, enhorabuenas y agradecimientos hubo terminado, pude cavilar sobre todo lo acontecido ese día y los meses (y los años) previos y llegué a una conclusión rotunda. Con que Luciana posea el dominio de sí misma, la claridad de pensamiento, la fortaleza de espíritu y física, el arrojo, la presteza de acción, la determinación indoblegable, la alegría de vivir de su mamá, seré feliz y podré vivir razonablemente tranquilo —angustiarme no será un problema, tengo un talento especial para ello—. Eso será más que suficiente. Aunque mi hija no consiga heredar el temple espartano de su imperturbable padre.

Para Adriana, quien me trajo a Luciana. Viva la Vida.

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