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EDUARDO SACHERI: "ESCRIBO
PARA ENTENDER MEJOR LA VIDA"
Por: Eduardo Venegas
Eduardo Sacheri
Fotografía: Alejandra López

El jurado que otorgó a Eduardo Sacheri (Castelar, 1967) el Premio Alfaguara 2016 por La Noche de la Usina destacó sus diálogos vivos, su trasfondo critico y la capacidad del autor para combinar componentes tan distintos como una "rabia fecunda" y "el humor más fresco". En efecto, su obra está poblada de contrastes marcados, conflictos universales, emociones hondas y temáticas amplias, por más que algunos lo encasillen como escritor de futbol. La etiqueta es injusta, pero su pasión por el balón es tan innegable que con un ritual eminentemente futbolero celebró el Oscar a la Mejor Película Extranjera que en 2010 ganó El secreto de sus ojos, basada en su primera novela y de la que fue guionista. Es profesor de historia, autor de ficciones con las que entiende su mundo, hincha, esposo, padre y más. Para intentar entender su complejo equilibrio platicamos vía telefónica con este escritor de letras entrañables y sencillez monumental.

Docencia, escritura, familia, fútbol, radio... ¿cómo hace para atender tantas cosas?
Soy bastante ordenado, previsor y puntual para cumplir mis compromisos. Así evito atorarme con trabajos y fechas de entrega que no puedo cumplir. Por otro lado, desde el punto de vista creativo, la diversidad es estimulante. Si hiciera una sola actividad sería monótono y mi trabajo se empobrecería.

¿Cómo es más o menos un día normal de usted?
En este momento de mi vida, como mi actividad principal es la escritura, por defecto estoy en mi casa, en mi escritorio. Salvo que tenga clases o esté de viaje, lo normal es que pase tres o cuatro horas por la mañana y cuatro o cinco por la tarde escribiendo o en situación de escritura; no todos los días son igual de provechosos, en algunos hay muchas distracciones, otros son más fecundos. A veces el proceso se interrumpe por rutinas hogareñas, como ir a buscar a mi hija a la escuela. Trato de no absorberme en el trabajo y que mi labor no esté por encima de mis compromisos familiares.

Federico García Lorca escribía para que lo quisieran y García Márquez para que lo quisieran más sus amigos. ¿Usted para qué escribe?
Para entender un poquito mejor la vida. El arte en general -y la escritura de ficción me parece parte del arte- es una respuesta que enarbolamos a esas preguntas arduas que nos plantea la vida: ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos en esta vida?, inquietudes que tienen que ver con el dolor, la angustia, el deseo, la muerte. Creo que son preguntas que nos formulamos todos. En mi caso, las ficciones que escribo son un modo fugaz de responderlas. Digo fugaz porque son satisfactorias sólo en el momento de formularlas; a medida que pasa el tiempo dejan de ser eficaces.

¿Cómo descubrió su vocación literaria?
Derivó de mi vocación lectora. Leer me gusta mucho desde muy pequeño, porque nací en un hogar lector. Siempre fue una de mis grandes pasiones. Y a los veintitantos años sentí el deseo, la necesidad, la posibilidad de escribir como un modo de conducir esa acción lectora a una mayor proximidad con mi manera de entender el mundo y responder esas preguntas a las que aludía.

¿Y cuáles fueron sus primeras lecturas?
Historietas, por la ayuda de los dibujos y la letra de imprenta mayúscula; eran de personajes conocidos aquí en Argentina, como Patoruzú y Patoruzito, su autor era Dante Quinterno. Luego, colecciones de libros para niños y adolescentes; imaginá una mezcla de libros de autores clásicos en ediciones adaptadas para jóvenes : Julio Verne, Emilio Salgari, Alejandro Dumas...

Bien. Hábleme del pseudónimo con el que ganó el Premio Alfaguara de 2016 por La noche de la Usina: Alfredo Álvarez.
Es el nombre de mi abuelo materno. No lo conocí en persona porque había muerto cuando yo nací, pero en los relatos de mi abuela y de mi madre fue una figura importante. A mí siempre me ha gustado interrogar a mi gente sobre nuestro pasado familiar y siento que lo conozco a partir de esas referencias. Como el Premio Alfaguara se fallaba en España y él era español, gallego, me pareció un lindo gesto intentarlo invocando su nombre y su memoria.

Menciona el pasado y es inevitable hablar de su otra gran pasión: la historia. ¿Por qué decidió estudiar eso?
Por el placer de conocer el pasado y la curiosidad por entender de qué modo nos conforma. El pasado de las personas es un buen modo de conocerlas y la historia es a las sociedades lo que la biografía es a cada uno; las sociedades son el resultado de lo que han sido, de lo que les ha sucedido, de sus decisiones y sus caminos recorridos.

Hoy se suele decir que el mundo no ha estado nunca peor. ¿Usted qué piensa?
Esa es una mirada recurrente. Hay una frase atribuida a Borges que dice algo como: “Me tocaron, como a todos los hombres, tiempos difíciles para vivir”. Creo que el hallazgo Borgiano -si la cita es suya en efecto- es que los seres humanos advertimos la dimensión trágica que tienen nuestras vidas individuales y nuestras existencias colectivas. Esto de añorar pasados mejores -aunque sean inexistentes- nos sirve como un mínimo consuelo, como un refugio utópico anclado en un pasado mítico que supuestamente fue mejor. Pero en el pasado hubo guerras salvajes, enfrentamientos sangrientos, esclavitudes inverosímiles; por eso no creo en ese supuesto paraíso en el pasado.

Eduardo Sacheri

PASAPORTE

Nombre: Eduardo Sacheri

Fecha de nacimiento: 1967

Lugar de nacimiento: Castelar, Argentina

Ocupación: Escritor, profesor y guionista

Hablando de asuntos dramáticos, ¿qué opinión le merece Donald Trump?

Una mala opinión y en eso no soy demasiado original. Ahora, trato de no quedarme en la demonización del personaje -que, insisto, me cae sumamente antipático- y procuro entender su origen, quizá por mi formación histórica. Estos personajes necios, desagradables y peligrosos son una fuente de inquietud y nos deben llamar la atención sus condiciones de aparición. Que existan estos personajes es malo, pero que haya millones de personas dispuestas a encumbrarlos es mucho peor. Habla de sociedades insatisfechas, sueños incumplidos, deudas morales, emocionales y sociales impagas con quienes están dispuestos a encumbrar a ese tipo de energúmenos.

A propósito de deudas morales, vuelvo a La noche de la Usina. ¿Cómo fue enterarse de que ganó el Premio Alfaguara?
Fue una alegría gigantesca e inesperada, por ser un premio muy difícil de ganar y porque ya me había presentado con otras obras y no lo había ganado. De modo que para evitar la desilusión de mi familia y mis amigos, esta vez había mantenido en absoluto secreto mi postulación. Cuando me llamaron desde España, en la madrugada argentina -porque las 11 de la mañana es muy buen horario para elegir un ganador, pero esa hora de España son las 6 de la mañana en mi país-, mi mujer atendió el teléfono y no entendía que hacía una voz de mujer con acento español requiriendo a su marido a esa deshora. Apenas empezó a felicitarme la presidenta del jurado, tuve que pedirle unos minutos para decírselo a mi mujer, que me miraba intrigada. Imagino que la presidenta habrá pensado: “A este pobre tonto le estoy diciendo que se ganó el Premio Alfaguara y me cuelga el teléfono”... por suerte volvieron a llamar a los pocos minutos y continuamos con las enhorabuenas.

Tras la sorpresa vino la gira: viajes, entrevistas, presentaciones. ¿Cómo la vivió?
Lo más estimulante del premio fue que la novela se publicara al mismo tiempo en España y toda América Latina, acercarme a lectores fuera de mi país, hacer una gran cantidad de presentaciones y de entrevistas. Que los libros de uno sean conocidos es extremadamente difícil, así que para nada fue: “Uff, tengo que volver a viajar, 15 entrevistas en un día y no quiero”, sino: “¡Qué bueno que tengo la oportunidad de viajar y de que 15 medios de comunicación hablen de mi novela!”. Yo había tenido una oportunidad parecida con el libro que dio origen a la película El secreto de sus ojos.

Sobre eso, ¿cómo llegó la ocasión de llevar su libro La pregunta de sus ojos al cine?
El director Juan José Campanella había leído mis libros anteriores y le parecía que compartíamos un universo de significados y de intereses, por lo que se había entusiasmado con la posibilidad de llevar alguna de mis historias al cine. Cuando leyó esta novela dijo: “Esta es la historia que podemos contar juntos”, así que eso fue lo que hicimos.

"La mirada de quienes no nos quieren es importante porque no ponen en juego las extorsiones del amor"

¿Cómo fue la experiencia en Los Ángeles la noche del Oscar (2010)?
El teatro donde se realiza la premiación es muy televisivo pero extremadamente pequeño, entonces fueron solo Campanella y los productores; el resto del equipo estábamos con una pantalla gigante en un hotel en Sunset Boulevard. Y la verdad que yo prefería así, no quería estar presente en el momento que se dijera el ganador, no podía evitar vivirlo como las definiciones por penales del fútbol, que me ponen extremadamente nervioso. Entonces cuando Almodóvar y Tarantino pasan al estrado a nombrar las cinco finalistas del Oscar a Mejor Película en Lengua Extranjera, abandoné la sala donde veíamos la ceremonia y me fui a un pasillo del hotel... el grito alborozado de la delegación argentina, como gritando un gol, me indicó que habíamos ganado esa dura definición.

Que habían metido el penal definitivo.
Exacto. Entonces pude festejar saltando y con cantos de cancha, que es como festejamos los argentinos... así de limitados somos. En lugar de aplaudir y saltar diciendo “¡ganamos, ganamos!”, nos juntamos todos en un gran abrazo y cantamos un canto de la selección argentina (ríe).

Una escena sensacional. A partir de ese éxito, ¿cambió en algo su carrera, su rutina?
Todo el fenómeno de la película y el Oscar me dieron un enorme espaldarazo fuera de mi país para que mis libros empezarán a viajar por América Latina, que se empezaran a traducir a otras lenguas y me dio también la posibilidad de trabajar como guionista con más frecuencia. Eso es un cambio importante, porque es un mundo paralelo al de los libros muy interesante.

¿Qué diferencias principales hay entre escribir un libro  y el guión de una película?
La independencia, la soledad, la absoluta introspección que significa escribir un libro, frente a un trabajo que es consenso, diálogo, negociación, escucha, argumentación... Para quien viene de una labor solitaria como la escritura de ficción es todo un aprendizaje este de conversar, introducir cambios, aceptar negativas, complementar nuestra visión con la de otros que ven cosas que uno no ve y que a veces no quiere ver. Esa flexibilidad es la diferencia más importante.

Eduardo Sacheri

Es un cambio tremendo. Volvamos a sus inicios y un personaje clave: Alejandro Apo. ¿Me cuenta cómo influyó él en su carrera?
En 1996 él empezaba un programa que después sería enormemente célebre en la radio argentina: Todo con afecto, donde unía fútbol, cine, música y literatura; comenzaba leyendo algún cuento de fútbol. Y entre mis primeros cuentos algunos hablaban de fútbol; mi mujer y mis amigos insistían en que eran cosas que valían la pena y que él podía difundirlas. Yo dudaba que mis textos merecieran esa atención, pero tanto insistieron que empecé a llevarlos. Era una época sin internet, así que junté dos o tres en un fólder de papel madera y los llevé a la recepción de la radio. Alejandro leyó uno y los oyentes empezaron a llamar preguntando en qué libro estaban mis textos y él respondía que en ninguno, que un tipo se los dejaba en la puerta. Para mí fue muy importante ese espaldarazo, por ser masivo y porque los elogios de mi mujer y mis amigos estaban teñidos con el afecto, en cambio estos otros de los oyentes tenían para mí el valor de su gratuidad.

 

Vamos de la radio a las redes sociales. Decía Umberto Eco que Twitter es la invasión de los idiotas. ¿Usted cómo lo ve?
Tiene interesantes posibilidades y enormes riesgos. Coincido con Eco en que da una enorme oportunidad de difusión a los idiotas y agregaría que a los violentos, pero también da una opción de conversación interesante. Si uno intenta no manejarse como idiota, puede estar al tanto de cosas muy interesantes dichas por otros. Ahí me entero de artículos periodísticos, libros, películas. Lo importante es ser cuidadoso con lo que uno emite, precisamente para no convertirse en un idiota.

 

Usted cuida mucho lo que twittea sobre futbol y su afición por Independiente.
Sí, porque trato de no meterme en cuestiones de fe. En Argentina dicen que de religión no tiene sentido discutir y coincido, hay religiones de las que considero mejor no discutir: la propia religión, la política y el fútbol. De Independiente antes hablaba, pero aprendí a hacer silencio porque en las redes sociales uno advierte las enormes dificultades de comprensión lectora que tienen numerosas personas; uno expresa determinada idea y se encuentra con que hay gente que entiende cualquier cosa. Hay un idiotismo rampante, que en Twitter simplemente está evidenciado, pero no creo que haya más idiotas en las redes que en el mundo general; a lo mejor ahí se exteriorizan las cosas con un poco más de franqueza por el anonimato que tiene, pero si uno en Twitter es un animal, difícilmente será un buen ciudadano fuera... Volvemos a la trágica visión sobre el mundo (risas).

Claro. Ahora, aunque su obra aborda distintas temáticas, hay quien lo identifica sólo por la parte del futbol. ¿Qué opina de esa etiqueta?
Toda etiqueta es incómoda y al mismo tiempo inevitable. Yo cargo con esa y habrá lectores que sólo me conocen por haber escrito El secreto de sus ojos. Por un lado, que tu nombre le suene a alguien en el océano de autores y de libros que hay en el mundo, aunque sea por una etiqueta incompleta, puede ser una buena noticia. Por otro lado, andar etiquetando a la gente es una manera de simplificarla en exceso. Lo que corresponde a uno como escritor es tratar de saltar de libro a libro, de género a género y de estilo a estilo para, en lo posible, sustraerse a esas etiquetas.

No puedo evitar esta pregunta: ¿por qué nos gusta el futbol?
Creo que porque es un juego muy sencillo, con atributos que lo vuelven muy interesante, como su carácter colectivo y su mezcla de complejidad y sencillez: complejidad motriz, porque se juega con la parte más torpe de nuestro cuerpo, los pies, y sencillez en sus reglas; es muy democrático en cuanto a que se requiere muy poca cosa para jugarlo. No sólo nos permite verlo, sino jugarlo y de muchas maneras: entre hombres, entre mujeres, mixto, cuando uno es joven, casi hasta que uno es viejo -si se mantiene físicamente bien-... Además, hace 150 años tal vez estos elementos fueron determinantes para popularizarlo, pero nosotros ya nacimos en un mundo que ama al fútbol.

"Somos hinchas por cuestiones que valen mucho y que no cuestan un centavo"

¿Nunca quiso ser jugador?
Siempre fue mi sueño, pero no más que eso. Además en mi adolescencia mi padre ya había muerto y el mandato de estudiar en la universidad era muy fuerte para mi madre; un mandato no hecho de órdenes, sino de expectativas, que son los mandatos más difíciles de desoír. Por algo mi hermana es arquitecta, mi hermano es veterinario y yo, licenciado en historia.

Pero sí juega en esas ligas que todos tenemos, de fin de semana. ¿De qué juega?
Sí, es para mí inevitable, es uno de mis grandes placeres. De número cinco, como decimos en Argentina; ahí en el medio del campo, corriendo mucho y tratando de recuperar el balón para dárselo a los que sí saben, que no soy yo.

La parte de su obra que toca el futbol no sólo habla de las canchas profesionales, sino también del llano, la tribuna y el ambiente.
Yo creo que esa es la parte más grande, aunque sea menos rutilante. Aun cuando vemos y nos entusiasmamos con el futbol profesional, somos hinchas amateurs: no lo hacemos por dinero, lo hacemos por cuestiones que valen mucho y que no cuestan un centavo.

 

Claro, no nos pagan por disfrutarlo.
No, no, no, ni por sufrirlo, ni por ponernos nerviosos, ni por desvelarnos antes de un partido importante, ni por alentar en un estadio... al contrario: pagamos por hacer esas cosas.

 

Cambio de juego radical: ¿por qué sigue dando clases de historia?
Tiene que ver con algo que hablamos antes: me parece que conocer nuestro pasado es importante. Si uno es maestro de algo es porque considera que es valioso saberlo y compartirlo con los que no lo saben. A mí me parece un trabajo útil y es un privilegio tener un trabajo así. Todos los años en el mes de marzo cuando inician las clases, yo me encuentro con 60 o 70 adolescentes que no tienen ni idea de la historia argentina, latinoamericana y mundial de 1945 para acá. Para diciembre, quiero pensar que esos 70 alumnitos saben algo más de historia argentina, latinoamericana y mundial de lo que sabían en marzo. Al menos pretendo que así sea (risas).

 

Cuando leo sus tweets para los alumnitos que tienen examen, me entran una angustia y unas regresiones espantosas.
(Risas) Pasa que los tengo los lunes, entonces después del fin de semana siempre me parece importante... y si están en Twitter significa que no están estudiando, que es lo que deberían estar haciendo. Ojalá ellos se alarmaran como te alarmás vos, pero te garantizo que la mayoría de ellos son inmunes a mis advertencias.

Última. ¿Cómo es el contraste de enfrentar a un grupo de adolescentes en un salón y a un montón de lectores a través de su trabajo como escritor?
Son desafíos distintos. Uno de ellos mediatizado y otro inmediato. El de la escritura es un ejercicio solitario, paciente, muy meditado, laborioso, con mucha corrección, mucha revisión, pausado y de largo plazo, en el sentido que uno conoce cómo le ha ido con el libro mucho después de haberlo escrito; mientras que la docencia es un ejercicio de comunicación instantánea donde se pone a prueba no sólo el conocimiento, sino también la capacidad para interesar a los alumnos, para poner pautas de respeto recíproco y para intentar convertirlos en mejores personas, todo al momento. Si nuestros alumnos se desinteresan de lo que hablamos, el fracaso lo palpamos en el instante mismo en que eso se está viviendo.

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